Novela1 costumbrista que pasa por ser la más aclamada entre la producción del escritor canario, por su ambición y extensión. En efecto, aun no siendo la más pulida de sus obras, sí que asume el pecado insano de la autosuperación. Pérez Galdós, en la cima de su carrera literaria, escribe sin mesura, sabedor de su descomunal capacidad narradora, con el atrevimiento que le otorga la impunidad creativa. No se achanta ante el reto de tomarle el pulso a toda la sociedad madrileña, sinécdoque del país, durante el convulso período histórico de la Primera República y la posterior Restauración Borbónica. Todavía menos cuando de lo que se trata es de trazar el paralelismo entre clases, la de la alta burguesía, triunfante y señorial, exhibiendo sin pudor su embriagamiento de poder omnímodo, y la clase popular, servicial y sumisa, apocada y bobamente presta a doblegarse a las querencias y caprichos de la primera, a la espera de alcanzar de ella el favor o el nombramiento funcionarial que les saque de la miseria. Todos los males que aquejan al país, como el tráfico de influencias, el enchufismo y el intercambio de favores, con los que se han cocinado, desde aquellos tiempos hasta hoy, los menús que han alimentado políticamente a España, ya están grácilmente descritos en Fortunata y Jacinta. Lo mismo cabe decir de los debates morales que hoy nos desangran.
La historia, plana y tópica, de amor interclases, que protagonizan el “niño bien”, caprichoso y banal miembro de la alta burguesía madrileña, y la bella y vulgar muchacha de arrabal, llamado al fracaso por descompensada altura de expectativas de quienes lo urden -la ideal y elevada pureza del amor abnegado de Fortunata, frente al rastrero y viciado amor cortesano del heredero de Santa Cruz-, alcanza elevadas cotas de realismo y veracidad, cuando atiende a las mediaciones que las formas, costumbres y principios de orden moral imponen a la relación. Así, aparece en la narración Jacinta, inocente y plástica, educada para ser escogida como esposa devota y fiel del consentido e inexperto joven, que pone en riesgo con su desvarío amoroso, el buen nombre de la familia. La joven esposa remediará sólo artificialmente los devaneos donjuanescos del marido, perfeccionando su praxis e ignorando su inicuo efecto. Se extiende la mediación a Maximiliano Rubín y familia, que asume por vesania amorosa la imposible tarea de dar amparo y protección, convirtiéndola en su esposa, a la abandonada amante, más dispuesta a escuchar la llamada de sus emociones naturales que a acatar servidumbres familiares impuestas por beatas costumbres religiosas. Caen éstas en manos de la fervorosa Guillermina, amiga y confidente de la alta burguesía, de la que se vale para sus obras de caridad y santa devoción, con la que procura remediar pobrezas materiales y espirituales. Se precipitan, en cascada, nuevas mediaciones, que interponen a la pasión juvenil de Fortunata y Santa Cruz, límites y remedios, como la pragmática y epicúrea enseñanza que el maduro Evaristo Feijoo, militar y hombre de mundo jubilado, impone a Fortunata, cuando la acoge bajo su protección, después que esta deje a su marido y familia, tras caer de nuevo en las redes de su atribulado amante.
Ninguna de las mediaciones y convenciones sociales contendrá la pasión amorosa desatada entre la arrabalera y el señorito. Como si de un alegato vitalista se tratase, la novela plantea el combate entre la pulsión instintiva del deseo y las conveniencias y apariencias del recato y del decoro social. El punto de inflexión que parece decantar la narración hacia el triunfo de la naturalidad del amor es el engendramiento del futuro heredero de la reputada familia, que en el pulso entre amante y esposa, o entre populacho y nobleza, obtiene la primera, siendo la fertilidad el síntoma del vitalismo y la renovación que nace del pueblo, mientras que la esterilidad de Jacinta denota el agotamiento del caciquismo clasista y señorial de la élite social. Pero sólo aparentemente la reproducción natural derrota a los prejuicios y férreos valores morales que sustentan a los privilegiados. A la alegría de saberse madre carnal y legítima del vástago que ha de dar continuidad a la saga pudiente de los Santa Cruz, con la consiguiente validación del amor “republicano” prohibido, pese a todas las prevenciones y reparos morales existentes, le seguirá la “restauración” del orden alterado o disputado, cuando los celos y las pasiones que gobiernan a la madre la aboquen a la enfermedad y a las desatenciones de la crianza. La acaudalada y poderosa familia obtendrá la potestad sobre el recién nacido, perpetuando el desafuero de sobreponer artificio e interés a naturalidad y amor. Pérez Galdós insinúa, con esta disposición final, el empobrecimiento de una sociedad atenazada por la costumbre, la molicie y el temor a la novedad y el cambio, que se encamina sin remedio al desastre del 98 y las calamidades de la “España invertebrada” del siglo XX.
Más allá del reparo crítico que el autor oculta contra el moralismo del sacrificio y la expiación, tras las 800 páginas de su relato, y de las cargas del patriarcalismo que adeuda a su tiempo, haciendo de su obra candidata solemne a la cancelación inmisericorde de la nueva moralidad imperante, la grandeza del escrito radica en los mil y un vericuetos que recorre entre personajes, que en la escena son secundarios, pero con los que describe un fresco sociológico y psicológico tan notable como original y precursor de las novelas-río. La atención y cuidado con el que presenta los anhelos, aspiraciones y tachaduras de los Estupiñá, Ballester, Mauricia la Dura o José Ido del Sagrario (personaje rescatado de su novela anterior Tormento), por poner sólo algunos ejemplos, ultrapasa el realismo en el que se suele enmarcar su arte literario, tal como el propio Pérez Galdós nos explica en los pasajes finales de la novela cuando, haciendo balance de lo relatado, afirma: “había allí elementos para un drama o novela, aunque, a su parecer, el tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas especies y después puesta al fuego hasta que cueza bien”2. Cocinado el manjar sobre la base de una sencilla trama, que se nutre de tantos y diversos ingredientes, nada hay que recuerde al alimento crecido de natural y cruda forma, sino más bien al basto menú nacido de la acelerada inventiva de un relator, amante de la historia, que se obstinó en convertirla en arte. En su empecinamiento, se oscurecieron las enseñanzas de aquella, a la vez que se confundió realidad y simbolismo en este. Sólo ello explica el inmerecido olvido literario que hoy pesa sobre tan pantagruélico autor.
1Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, Editorial Orbis-Fabri, Col Historia de la Literatura Española, (2 vols), Madrid, 1994.
2Pág. 820 de la edición citada.






